Corrupción y educación

¿Qué pasa aquí? Es una excelente pregunta para encarar el tema que se trató el domingo en casa de los misioneros con motivo del PUJ. Pocas ocasiones se han tenido desde verano: las jornadas de febrero, la convivencia de octubre, algún video, alguna conversación suelta en alguna parroquia o algún bar… siempre se saca algo nuevo.

Tertuliamos sobre la corrupción, esa palabra tan cotizada hoy por los medios de comunicación en un año de especial actividad política. Pero, como todo, la corrupción no atañe solo al gobernante de la nación, sino a los gobernantes de toda y cada una de las vidas que en ella viven. Es verdad que al oír esas nueve letras la mente aborde a los que todos los días salen por la tele, que la relacione con la palabra vergüenza, con la palabra cárcel, con la palabra mal… ¿Y nosotros?, ¿somos corruptos? Puede parecer un tema farragoso, pero como todo, en común y en ambiente de compartir, aprendes y te enriqueces de lo que otros comentan y lo que tú sacas. Sientes que puedes cambiar el mundo, aunque seas uno solo.

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La sesión comenzó con el testimonio del superior idente, Luis Casasús, sobre cómo se trabaja el PUJ en los diferentes países: Colombia, Roma, Nueva York… Había momentos en que solo se respiraba esperanza, de esa que sientes cuando sabes que otro está haciendo lo mismo que tú por un fin semejante; se respiraba cierta sana envidia, de esa que sientes cuando alguien está haciendo lo mismo que tú, pero de manera más constante; y se respiraba responsabilidad, de esa que sientes cuando alguien que no eres tú recoge porque ha sembrado.

La corrupción es como el CO2: todos emitimos, en mayor o en menor cantidad, nos afecta a todos, sabemos que es perjudicial a la par que natural, y en nuestra mano queda equilibrar la balanza. Luis Casasús aseguraba la necesidad de ir a la raíz del problema, estudiar caso por caso. Y eso hicimos, de alguna u otra manera entramos en un estudio interno: ¿es la corrupción omisión?, ¿es falta de lealtad?, ¿es no dejar los apuntes a otro para que sea yo el que saque buena nota?, ¿es robar por necesidad?, ¿se es consciente de que se actúa de manera corrupta?, ¿se puede ser corrupto haciendo click en el botón izquierdo de un ratón?, ¿el fin justifica los medios?, ¿sabiendo del abismo, continúo hacia él?, ¿es mentirse a sí mismo?, ¿el corrupto se justifica más que otro que no? Es verdad, es algo natural. No se puede tirar la piedra… por pequeña que sea.

Y la solución no es hacer una inspección de Hacienda, es descentralizarte, es salir de ti mismo, no una vez al año en verano, sino cada día. No hay más que preguntarse desde lo más evidente del sentido común: ¿qué necesita el otro?, ¿puedo darle algo, aunque solo sea atención, aunque sea por washapp? La respuesta nos exige responsabilidad, compromiso, esfuerzo, auto-exigencia, ganas de vivirlo, acoger las debilidades, crearse toda una autoridad de fuerza, como un niño que se admira de que su padre le haya podido coger en brazos… o del padre que se admira ante la curiosidad y mirada pura del niño… cuánto nos falta para ser niños.

Y de esto hablamos, de algo tan sencillo y fácil, a partir de una puesta en común. Cada experiencia cuenta, y de eso se nutre este Parlamento. Gracias a los que estuvimos el domingo y gracias a los que estaréis próximamente.

En el silencio busco la solución, miro al espejo de mi alma, encuentro una luz que seguir, un modelo que encienda mi vela y que a otros conduzca.

PABLO DELGADO

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